A veces escribir es llorar lágrimas con forma de letras, otras noches, la tinta se convierte en sangre escupida a borbotones; hay días que la rutina convierte el folio en un formulario, otros en capítulo de telenovela; cuentan que hay veces que las letras tienen un brillo especial, que la caligrafía se viste de domingo desbordando alegría e ilusión, espectros de colores extraídos del propio arco iris inundan el texto, iluminando a los que posan sus ojos en él, al menos eso cuentan.
Escribir es contar una historia que depende bastante de la fuente, puede ser algo vivido, sentido u oído, puede ser mentira, una fábula o una invención, puede ser del corazón, de los ojos o de las entrañas, pero venga de donde venga, siempre hay un trozo del alma del autor.
Escribir puede ser simplemente juntar letras, e incluso hay quien consigue hacerlo con cierto sentido, puede ser hacerlas bailar, o puede que se abracen en busca de consuelo. Puede que se agrupen en pequeñas hileras formando versos, con palabras primas hermanas colocadas entre sí, o puede que se amontonen sin ton ni son como tiradas al azar en medio de la hoja. Puede que las letras no quieran juntarse, o que se sujeten con rabitos, se quieran o se peleen, lo importante siempre es el mensaje.
Mi mensaje en la botella es lanzado a diario para el que lo quiera recoger, en vidrio, plástico o sin tapón, navega sin destinatario esperando que alguien lo reciba, lo cuide, le de cobijo y lo vuelva a lanzar, si es que no es de su agrado.
Escribo en papel porque los píxeles no atraen a las musas, escribo para encontrar lo que perdí sin saber que lo necesitaba, necesito sentir, porque he vivido demasiado tiempo bajo un escudo, y me escudo en que la culpa es mía porque total, ya a nadie le importa. Me importa la verdad, porque he peleado con demasiadas mentiras, me miento cuando no encuentro la razón, y cuando no me quedan preguntas, pregunto por saber, porque el silencio aun me duele, me duele no saber, por qué escribo y no lo digo.








